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jueves, 20 de julio de 2017

Entre iguales

Mojaría la cama sin el beso de buenas noches. Despertaría bañado en sudores, berreando, y no podríamos avanzar con nuestros experimentos. Por eso ella le estampa un beso en la frente antes de fijarle a las sujeciones de la cama.
Hasta ahora los resultados de nuestros trabajos son positivos. El engendro se muestra conforme. Monitorizamos sus pesadillas plagadas de apuñalamientos, naufragios y patéticos dictadores. A pesar de todo, él despierta sonriente al nuevo día, lleno de candidez y esperanza. No entendemos sus procesos internos pero hemos hallado un lejano planeta azul donde enviarle. Creemos que allá podrá ser feliz.



La lengua salvada (Mikel Aboitiz)

lunes, 17 de julio de 2017

¡Vuelve Relatarium!

Tras unos meses en los que la tecnología nos ha jugado una mala pasada, ¡volvemos a poder escribir relatos en Relatarium!

Hemos acompañado este regreso con algunos pequeños cambios en el formato, realmente mínimos para no perder la esencia de Relatarium.

Estaremos al tanto en las próximas semanas por si se produjeran algunos efectos no deseados, y si así fuera os pedimos desde ya disculpas, pero no queríamos demorarnos más en volver a nuestra ventana de publicación.

Un abrazo literario.

280 y punto

martes, 4 de julio de 2017

Cuento estival

La casa de los abuelos era oscura. Oscura y fría, no fresca, fría.
O al menos eso me parecía a mí, además era silenciosa… y oscura y fría.
Mi madre se zafaba de mí unos días en verano, con el pretexto de que me sentaría divinamente el aire del pueblo. 
Mis llantos inconsolables conmovían al cielo, pero no a mi madre, así solo me quedaba contar los días para la vuelta.
Una tarde de febrero mamá me contó que el abuelo se había ido al cielo, con las nubes, los ángeles y esas cosas que se supone que hay en el cielo.
Pensé, en mi ingenuidad, que eso terminaría con mis “vacaciones rurales” pero no, el julio siguiente volvió a la carga, así que, resignada me preparé para la partida.
Desde  la puerta ya  noté algo raro, olía a bizcocho ¡vaya sorpresa!
Pero no era el único cambio, la abuela salió a darme un abrazo y llevaba un vestido nuevo…como lo oyen… nueeeevo.
Desde entonces pude jugar al balón en el patio, invitar a mis amigos a merendar, incluso ir a la poza en bici.

Seguro que el abuelo era un buen hombre, seguro que hizo muy feliz a la abuela y posiblemente me quería a su manera. O no.

jueves, 27 de abril de 2017

Vamos a pintar

Me llamo Marta y tengo 8 años.

La seño nos ha mandado pintar a la familia… allá voy.

Primero mi hermana; la pondré berreando que es lo único que sabe hacer. Yo creo que es lela o algo así porque ni habla, ni juega, ni ná. Pipo, nuestro perro, es por lo menos diez millones de veces más listo que ella, pero eso no lo digo en casa porque cobro seguro.

Aquí en este lado voy a poner a los abuelos con la merienda que es como están siempre cuando salgo del cole… yo les quiero montón, pero son bastante pelmas; todo el día: que no corras, que no te metas en los charcos, que te abrigues; un rollo.

En el medio me voy a colocar yo para que se me vea bien; voy a dibujar también mi bici que es como de la familia.

A mamá le voy a dibujar corriendo, cargada con el ordenador, con mi cartera del cole, los bolsa de los pañales de Sara y contestando al móvil: “llego en 30 minutos, ¡!!QUE OS CALLEIS!!! (eso nos chilla a nosotros, luego sigue suav ecito) … estoy ahí en un segundo”

Ya sólo me falta papá; voy a ponerle leyendo el periódico con cara de cansado. Papá tiene siempre cara de cansado porque trabaja mucho, quiero decir, que trabaja mucho fuera de casa.

Yo creo que lo he bordado, soy un crak

martes, 14 de marzo de 2017

Al viajero desconocido


El azar, siempre enredando en las cosas de los humanos, consiguió que después de un viaje en avión, regresara a casa con una maleta, idéntica a la mía, pero ajena.

Y así, casi sin darme cuenta, me colé en una intimidad de un desconocido.

Superada la sorpresa inicial  de ver que todo lo que aquel equipaje contenía no era mío, los objetos inertes empezaron a cobrar vida y  fui dibujando un retrato.

Era un hombre, eso estaba claro, las ropas bien dobladas indicaban que era ordenado y riguroso.  De la calidad de su ropa deduje que tenía gustos sencillos y medios suficientes pero no sobrados, era buen lector, de cierta edad (medicamentos) pero no demasiada (preservativos) y bastante generoso (regalos) pero sin pareja (todos los obsequios eran para niños)

Estas conclusiones, seguramente erróneas, dispararon mi curiosidad y me obligaron a preguntar a la empleada de la compañía aérea si era posible conocer la identidad del otro damnificado. Contestó, por supuesto, con una airada negativa.

Y ahora aquí me tienen; deshaciendo mi aburrida maleta y pensando que, otra vez,  he perdido la ocasión de encontrar a mi media naranja.
desasosegada

miércoles, 5 de octubre de 2016

Interruptores

Este hombre del antifaz de noche y pijama de rayas sabe que la desesperación es pasar horas en vela, probar mil posturas, abandonar la almohada sobre la cabeza y seguir sin pegar ojo, después de dar con el codo a su esposa, que no para de roncar. Ronca con entrega. Con la perseverancia de una corredora de fondo, mientras él repasa desconsolado nombres, efectos insuficientes y secundarios de relajantes musculares, somníferos e hipnóticos. Este hombre no puede más. Está a punto de ganar medalla olímpica en insomnio. Se levanta, el antifaz caído como el pañuelo de un atracador de sueños, rodea la cama y se arrodilla junto a ella. Cara con cara, la observa fijamente. Duerme dichosa, como si la felicidad fuera un hilito de baba escapando por la comisura de sus labios. Una hemorragia de felicidad que él no puede compartir, pero sí taponar. Con la suavidad de un dedo. Estira el índice con dulzura y un fogonazo de luz la despierta.
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)

martes, 16 de agosto de 2016

Ciudades abandonadas

El chirrido del columpio vacío
mecido por el aire sofocante de la tarde
evoca el llanto de un niño

desasosegada

sábado, 13 de agosto de 2016

A todo lo que se mueve

Comenzó la sombra a vestirse de sonidos, el crepitar de hojas, pisadas sin cuerpo definido,la oscuridad lo hacía invisible, pero al jabalí lo mató el oído.
Anabelmis

sábado, 6 de agosto de 2016

Definiciones imprecisas: Escalera

Una escalera es una construcción capaz de comunicar diferentes niveles. Las hay de mano, tijera, cuerda, caracol, imperiales e imposibles. La clásica —el alfil de las escaleras— une distancias con sus tramos diagonales aportando comodidad y descanso con rellanos y pasamanos. Una escalera suficientemente empinada y larga, recorrida hacia arriba, aporta un sentido filosófico de la vida (¿Adónde vamos?, ¿De dónde venimos?, ¿Son suficientes nuestros motivos?). En sentido descendente, la escalera anticipa una salida, una liberación o —por debajo del nivel del suelo— un pequeño viaje inconsciente (el breve aleteo de un pestañeo) a los submundos. En ausencia de fuegos, las de incendios ofrecen liberación: el ensayo lúdico ante lo peor. Las escaleras comunican mundos exteriores e interiores. Peldaño a peldaño, nos acercan a nosotros mismos, fácilmente —y cómo no—, de manera escalonada.

La lengua salvada (Mikel Aboitiz)

miércoles, 20 de julio de 2016

Resurrección

Había dormido pocas horas. A las siete de la mañana me tomé mi primer café. Estaba en un hotel rural en Asturias y el sol informaba de un día caluroso. Me duché con mucho gel y suficiente champú, de esos que suavizan el pelo rebelde.
A las ocho y cuarto estaba conduciendo en mi coche de alquiler, un todo volumen con cinco puertas de color gris. Por un instante me dormí. Cuando me desperté estaba en una zanja de hierba mullida que sin duda había salvado mi existencia. ¿Qué hubiera pasado si hubiera caído sobre cemento o sobre piedras?
Llegó la policía, me sacaron por la puerta de la copilota porque el coche estaba tumbado del lado izquierdo. Me hicieron el test de laalcoholemia, dio negativo.
-Solo me he dormido, estoy tan cansada
-Pues hoy has resucitado. Podría haber sido el sueño eterno- respondió la policía con su coleta sujeta con una goma roja.
-Si, hoy es el día de mi resurrección- y lloré convulsivamente
Beatriz Bar ón Beraud